Nota breve a Juan Bautista Villaseca

Tania Hernández Ramírez

A Roberto López Moreno

Quizá sea la hora de zarpar

No quiero mar inmenso

No quiero se avecine la tormenta

Déjame volar

El tiempo se conjuga en tiempo cuando éste se vuelve narración. La historia juega el papel de narrar los hechos más importantes de una sociedad que marcan al colectivo. Por otro lado, la literatura también juega el mismo rol desde sus diferentes géneros.

La población ha olvidado el sentido humanista, quizá por eso no comprenden el papel que juegan los activistas sociales y la problemática de su desaparición forzada. Nos llevaría días enlistar y rastrear el nombre de los individuos que desde la razón han querido reemplazar al gen egoísta. Sin embargo, el estado mexicano ha borrado esos registros desde la década de los cuarenta del siglo pasado. Shaila Rosagel dice que “durante los primeros 18 meses de gobierno del Presidente Enrique Peña Nieto, se incrementó 300 por ciento la desaparición forzada de activistas en México respecto al mismo periodo del ex mandatario panista Felipe Calderón Hinojosa, denunciaron varias organizaciones civiles que forman parte de la Coordinación de la Campaña Nacional Contra la Desaparición Forzada”. Según el Comité Cerezo van 30 activistas desaparecidos desde diciembre del 2012.

El pasado 22 de mayo el presidente de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), Raúl Plascencia Villanueva, declaró al Senado de la República que son 24 mil 800 personas desaparecidas durante el sexenio de Felipe Calderón. Y las cifras siguen aumentando. Es decir, niños, jóvenes, adultos y ancianos que salieron a la escuela, al trabajo, por el pan, etc., no han vuelto a casa.

“Diurno para un poema enlutado”, Juan Bautista Villaseca

 

Hay poemas que se parecen a la muerte,

son tan silvestres

que nos traen de pronto la ceniza,

bajan de una vida que no pesa,

que se recarga entre los sucios huesos,

rascan la piel,

golpean la serpiente del intestino hambriento;

hay poemas que se parecen a los ríos desnudos,

a una cama sin rosas,

a un niño paralítico en medio de su infancia;

hay poemas como éste que yo quiero escribir,

versos tiesos de llanto,

versos que pisan una tarima herida

de ésta casa inundada de trampas por el mundo.

 

Hay poemas que se parecen a la muerte,

poemas rojos de agonía

donde la vida cae como un ganado estéril

cansado de pastar su desventura,

versos que fácilmente olvidarían

el magistrado,

el ingeniero turbio de los dólares,

y alguno que otro estúpido condecorado en la política,

porque esto es necesario,

hay que hablar de los cines,

del prostíbulo verde que sonrió alguna noche,

de cómo nos fue ayer y nos irá mañana,

de cómo nos hacemos pendejos con la flor en las manos,

mientras los hospitales,

los mercados enfermos de pobreza,

los niños que se arrastran en los años,

están afuera de la tierra,

afuera de la luz,

lamiendo los orines

que de limosna dejan caer los millonarios,

mientras afuera del campo

se ha olvidado otra vez de Quetzalcóatl.

 

Hay poemas que se parecen a la muerte.

Uno se busca en medio del cadáver.

Cuando saca las manos a la vida

se encuentra caminando con un hermano muerto

colgándonos del hombro.

 

Juan Bautista Villaseca (1932-1969) reivindica la figura del poeta mexicano, médico de profesión, que con sus palabras dignificó la vida de los desposeídos, pero murió en el más absoluto abandono, señala a La Jornada el poeta e investigador literario José Manuel Recillas.

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