Cuando te vi

Anonimo

Eran las seis de la mañana del día 22 de marzo del año 2012 cuando salimos de casa. Al llegar al hospital, mientras esperaba que anunciaran mi nombre, pensaba si habría llegado el momento, ya que por el problema de hipertensión era la cuarta vez que me citaban en ayuno. Después de una revisión general, me dijeron: “llegó la hora.” Avisaron a mis familiares que estaban en la sala de espera.

Mientras me preparaban, los nervios no me dejan en paz y todos los consejos de mi madre y mi tía revoloteaban en mi cabeza: “no te pongas nerviosa porque la anestesia no te va hacer efecto”, “después de que salgas del quirófano ni se te ocurra pararte.”

Miré el reloj y me di cuenta que habían pasado dos horas. Había mucho movimiento, los médicos hablan y hablan. Los gritos de las demás mujeres parecían alejarse mientras me acercaban a la entrada del quirófano. Nunca había entrado a un lugar así, es curioso que siendo tan frío albergue tantas ilusiones.

Mientras pasaban el delgado y filoso bisturí, que abría una línea horizontal en mi abdomen, recordaba lo que me había dicho Karen, una compañera de la facultad que meses atrás había tenido su primer bebé: “cuando lo vi y escuche por primera vez, lloré de tanta emoción.”

Yo estaba preocupada, quería que todo saliera bien. Sentí un ligero apretón en mis costillas y al instante, el llanto. Minutos después me dijeron: es un niño, pesó, midió, etc. Lo vi, a detalle, de los pies a la cabeza. Me sentía muy culpable por no llorar al momento de verlo, pues pensaba que eso anulaba parte de mi maternidad, pero por más que me esforcé no lo conseguí. No encajaba en el estereotipo de la madre mexicana sufrida, sacrificada y abnegada.

Aunque habían pasado dos horas más en el proceso de sutura, para mí el tiempo se había detenido. Me llevaron a la sala de recuperación y ahí estaba otra vez. Alcanzaba a ver su pequeña, delicada y melenuda cabecita. Entonces le pregunté a una enfermera “¿ese es mi bebé?”, me dijo “supongo que sí, es el primero del día.”

Minutos después nos mandaron a la habitación, lo dejaron en mis brazos. Con asombro, me di cuenta que habíamos dejado de ser uno solo. Su olor, fragilidad y calor, despertaron algo en mí. ¿Qué?, aún no lo sé, sólo sé que desde ese momento me sentí otra persona. Me imaginaba que dentro de mí había estado un botón llamado maternidad que en el momento de verlo se activó, pues sin ser necesario un manual supe que debía alimentarlo y cambiarlo.

Entonces entendí que no necesitaba derramar una lágrima para sentirlo, amarlo y cuidar de él. Que todos los días iba a tener una nueva oportunidad de ser  mejor por él y para él, para ser su guía, para ser su madre.

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