Un lugar lejos de casa

Por Cinderella

No sabemos mucho sobre qué es lo que ha originado tanta violencia durante los últimos años en México. Podría hacerse una lista con infinidad de variables y condiciones que han sembrado la semilla del desorden social. El tema es tan complejo que sería prudente en ocasiones comenzar con lo que sí se sabe, y es que el narcotráfico en México nunca, para nadie, ha sido un secreto.

Por muchos años era bien sabido que por allá, en algún lugar lejos de casa, México era y seguirá siendo la principal ruta de comercialización de drogas para los Estados Unidos. Esta situación no tendría ninguna modificación sino hasta que el caso colombiano de narcotráfico comenzara a ser combatido por el Estado y ayuda extranjera. Con las posibilidades de producción (de Colombia) cada vez más diezmadas, México tomó un papel más importante en el cultivo, distribución, venta y control de mercados.

La violencia para entonces era latente, los carteles de la droga se adentraron por muchos años a una encrucijada por el control de mercados; sin embargo, los efectos fueron tapados por la corrupción local, ineficiencia en la impartición de justicia o simplemente por la ausencia de Estado. Existía un acuerdo entre narcotraficantes y autoridades locales, pero la narco-política era una meta bastante lejana, tal vez  ni siquiera concebida, la famosa ley de “plata o plomo” llevo a más de un funcionario o policía a aceptar el soborno antes de perder la vida.

No fue sino hasta la Iniciativa Mérida que se le hizo frente de manera más formal a estos grupos, se movilizo al ejército, marina y policía federal para combatir el problema. Los resultados podrían haberse previsto, la escala de violencia, de muertos y desaparecidos aumentaba conforme se intentaba justificar la guerra contra el narco.

A esas alturas  todo podría ser cuestionable, la violencia había aumentado, pero por cruda que resultase la realidad, en cada enfrentamiento y entre tanta muerte existía en el fondo la lucha ideológica entre el Estado y el narco, con objetivos diferentes al menos. Quizá hubo más de un ingenuo que cuestionó tanta muerte, quizá se esperaba que los líderes del narco se sentaran en una mesa de dialogo con el gobierno federal. Para otros más realistas era claro y comprensible que lo peor podría estar llegando o estaba por llegar. A pesar de todo, el Estado fallido estaba lejos de vislumbrarse, había presos políticos, soldados que morían al enfrentarse al narcotráfico o policías federales emboscados en alguna carretera de país, había corrupción, siempre la ha habido, había acuerdos pero no entre iguales. Hoy no sabes si te gobierna un alcalde o el líder de una banda de secuestradores, si la primera dama es una dama o una actriz de telenovela, si tu presidente es un ciudadano ducho en los saberes políticos o simplemente es guapo.

 Para el siglo XIX mexicano, con toda su inestabilidad política, distinguir entre un soldado, un bandido y un policía era un ejercicio intelectual inútil. Se trataban de iguales, el soldado desertaba y se volvía bandido, al igual que el policía rural, pero también el bandido se volvía soldado y peleaba las guerras del estado. Hoy, un cadete del heroico colegió militar puede estar a cargo del entrenamiento de los integrantes de un cartel  o simplemente puede que un policía te asalte en la esquina de tu casa, en el mejor de los casos, pues dicen que también te desaparecen.

Hoy ya no hay acuerdo entre diferentes, el “plata o plomo” ha pasado de moda, un alcalde puede también ser parte del crimen organizado, y cuando se dice alcalde, entiéndase también el ESTADO. El caso de los estudiantes desaparecidos no tendría que ser escandaloso por el simple hecho de ser estudiantes, ya es lo bastante fuerte considerando que son civiles, ya ha pasado antes, al norte y al sur a manos del crimen organizado. Es preocupante saber que ha sido un estrato del Estado quien tenga la responsabilidad, no sé qué pueda pasar después, no lo quiero imaginar. Es necesario hacer un ejercicio de conciencia y asumir responsabilidades, porque todos en cierta medida somos culpables de los estudiantes que oficialmente están desaparecidos, fueron olvidaos y desaparecidos por todos nosotros antes de la noche en que fueron privados de la libertad y quizá de la vida. Ya no se trata de un lugar lejos de casa, es aquí y ahora.

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