Retrospectiva: Tierra de nadie

Geovanni Téllez

Hace unos días, en algunos diarios del país se publicaba que el cerro del Ajusco sería objeto de un amplio operativo de seguridad para devolver la gobernabilidad en dicho territorio.

El Ajusco, “floresta de agua”, es una de las mayores reservas ecológicas del centro del país. Ubicado dentro de una cadena montañosa y volcánica, con amplia vegetación y fauna, fue en algún momento el lugar predilecto para familias y deportistas. Sin embargo, según reportes recientes, el crimen organizado ha aprovechado las condiciones del terreno y la ingobernabilidad en la zona para hacer valer su ley. Recientemente se publicaba el secuestro de algunos ciclistas de alto rendimiento que fueron levantados por sujetos a bordo de camionetas para luego cobrar por su rescate. Pobladores del lugar atestiguan desde cuerpos sepultados hasta bandas criminales que operan con ayuda del sistema policial.  Pero más allá de los datos descriptivos, el Ajusco  forma parte de un amplio número de localidades dentro de toda la república en la misma situación, que, con o sin zonas boscosas, hacen valer su voluntad a consentimiento de la autoridad.

Muy distante de toda esta fanfarrea de seguridad y movilización de elementos las respuestas y soluciones están lejos de convertirse en realidad. Los malestares a causa de la ingobernabilidad desde Chihuahua a Michoacán, Guerrero, Acapulco, etc., hasta la frontera con Guatemala no son un problema reciente. Estos lugares han sido territorios sin ley desde fechas que se remontan hasta la época independentista. Un ejemplo muy próximo a la situación actual fueron los bandidos que proliferaron durante todo el siglo XIX en gran parte del territorio. La pérdida del control fue tal durante la época que algunos grupos habían adquirió incluso prestigio. Los famosos “Plateados”, un grupo de bandoleros llamados así por sus opulentas formas de vestir producto de asaltos y extorciones cometidas a hacendados y autoridades, lograron hacerse del control de grandes zonas, desde territorios pertenecientes al ahora estado de Morelos, hasta zonas tan remotas como el Ajusco y zonas aledañas al valle de Toluca. Nadie fue capaz, o tuvo el valor de denunciar sus agravios, por represalias y corrupción en el sistema. Los bandidos secuestraban, robaban, cobraban impuestos y asesinaban según sus propias leyes. El bandidaje fue detenido solo después de la entrada de Porfirio Díaz al poder, quien durante su administración castigó con mano dura la actividad delictiva e instauró un orden social que colapsaría con la revolución.

La realidad en México es que se trata de un problema de Estado, donde no se ha ejercido el poder de manera representativa y democrática, donde la corrupción e impunidad agravian a más gente que el tráfico de armas y  drogas. El primer y más grave error del Estado mexicanos el de haber sido corrompido. Durante los años 40 diversos grupos de mafias conocidos como “gánster´s” se adueñaron de  la ciudad de Nueva York, Estados Unidos, quienes hacían valer su ley en las calles, protegidos por funcionarios, respaldados por pistoleros a suelo, financiados por la drogas y otras actividades ilícitas. Fueron erradicados y controlados por la fuerza del Estado quien buscó y castigo severamente a todo aquel servidor público, desde policías hasta alcaldes que se encontraban involucrados en actos criminales, lo cual a su vez contribuyó a la captura y erradicación de las mafias. Las autoridades tuvieron la capacidad de ver más allá del problema de armas, drogas y asesinatos, dándose cuenta de que se trataba un problema de Estado. Una de las variantes que definen el concepto de Estado es precisamente el “territorio”, entendido como su capacidad de gobernar y hacer valer el poder. Estados Unidos lo entendió bien desde sus orígenes, con su expansión al oeste, el exterminio de los nativos americanos y la anexión de territorios que pertenecieron a México. Hoy, los texanos conocen mejor que nadie este principio, México nunca contribuyó a cuidar y poblar sus fronteras.

¿Qué hizo Estados Unidos con sus bandidos? Los volvió policías, los persiguió, encarceló y ofreció su libertad a cambio de un buen trato: perseguir a todo aquel que violara la ley. De esta forma desarmó al criminal y ocupó su experiencia para perseguir a otros como él, pues eran libres y con suelo. Lo mismo hizo Porfirio Díaz con su famosa “Fuerza Rural”, que no acabó de consumarse por los movimientos revolucionarios. No digo que volvamos policías a nuestros narcotraficantes, aunque la policía rural en Michoacán no estuvo, o quizá esté lejos de esto, pero  expongo la necesidad de hacer algo más que encarcelar el problema. El problema principal no es el de la violencia, secuestros, extorciones, asesinatos y desapariciones, es algo aún más grande el cual no se resuelve con poner a un montón de policías a vigilar. Estos, tarde o temprano serán corrompidos. El mayor problema somos todos nosotros y nuestra cultura de  corrupción. Ejemplos son incontables en la historia, aprender de ellos es un acto de necesidad y voluntad. La situación actual del país lo reclama.

 

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