Pudimos evitar el desbasto de gasolina

14-01-2019

Marco A. Rodríguez


Quien haya dicho que el ser humano se acostumbra a todo menos a no comer, está francamente equivocado. El ejemplo más claro y que refuta, en sentido estricto, dicho axioma es la escases de gasolina que tan evidente se vuelve con las filas kilométricas de vehículos en la periferia de estaciones surtidoras.
Nada, ni el combate al huachicol y esa utopía del gobierno federal por con ello acabar la corrupción en Pemex, justifica el desabasto; sin embargo, huelga decir, nos restriega a todas luces la dependencia al líquido y al mismo tiempo nos vuelve consientes, aunque sea por un momento, de lo mal administrado que está el país y, de paso, el mal estado de sus calles. Sugieren el uso de bicicleta cuando claramente no tenemos una ciudad para ciclistas; ni hablar de las zarandeadas en el transporte público y por las cuales, además, hay que pagar.
El desabasto ha generado psicosis en quienes creen que se avecina el fin del mundo o que México será la próxima Venezuela, pero también ha despertado la verdadera calidad humana en expresiones de rapiña como la registrada la tarde del sábado en Acambay donde en menos de diez minutos el robo de gasolina de un ducto perforado se volvió un acto de esnobismo delincuencial y, además, descarado. Gente con garrafones, cubetas e incluso tinacos robaron la gasolina sin importar exhibirse frente a las cámaras de reporteros locales y conductores que circulaban por la carretera esperando llegar pronto a su destino para no gastar más su combustible.
En otros puntos de la república, e incluso en Toluca, se bloquearon calles para urgir el abasto de hidrocarburo sin importar el denso tráfico generado y es que en México, decía Ibargüengoitia, “el que no llora no mama”.
Quizás por ello, y a ultranza, la gente actúa de esta manera: taxistas que, sin previo aviso, duplican la cuota cotidiana por el traslado de quien pretendía no agotar su gasolina y termina empeñando hasta las amalgamas para cubrir el costo del servicio; despachadores que “si quiere otro poquito” cobran lo que en ese momento se les ocurra a fin de darle unos litros más al angustiado conductor que desprende el último billete de la cartera en pos de ahorrarse seis horas más en el tráfico inmóvil de autos.
-Usté páseme su bote y yo le surto, jefe; nomás no olvide ponerse guapo. -dice el mexicano que minutos antes gritó “corrupto” hacia la televisión cuando mostraba al presidente Andrés Manuel en su conferencia de prensa matinal.
Ni hablar de quienes fingen no ver la fila y se instalan hasta adelante de la misma y cuando son botados insultan con todas las groserías del repertorio mexicano al ardiloso, metiche y basilisco amargado que lo mandó a formar como el resto de conductores.
El criterio mexicano por justificar sus actos, sean delincuenciales o no, se basan en que uno nunca está mal, los que están mal son los demás. Por ello y bajo esta lógica para qué juzgar a quien roba combustible si “ladrón que roba a ladrón…”, dice otro refrán.
Como señalé con anterioridad, uno de los principales factores que motivan estos actos es pensar que nadie nos ve.
El fin de semana fui testigo de otro acto similar: una familia, dos muchachas y su mamá, levantaban de aquí y allá los productos de una tienda cuando, en un acto torpe, la menor tira un termo de vidrio causando estruendo. Pronto, muy pronto y creyendo que nadie las veía, patearon cuidadosamente el vidrio por debajo de los estantes. Así lo hicieron hasta desaparecer cualquier indicio de culpabilidad. Apenas cruzaron las dos hijas la puerta de salida, me dirigí a delatar lo sucedido con una de las empleadas quien, apenas recuperó las piezas regadas por aquí y allá, se dirigió a la señora. Le pidió pagar la pieza.
La mujer habría jurado ir sola, sin acompañantes. La pieza, torpemente restaurada y con un par de mellas, fue apartada del resto. Minutos después, afuera todas de la tienda, las tres mujeres reían como si se tratara de un logro efectista.
En estos tiempos resulta indefectible cuestionar la dependencia hacia lo que consideramos servicios y artículos de primera necesidad en esta época: internet, luz, celulares con Facebook y WhastApp o gasolina pero también la actitud renuente del mexicano y lo contradictorio de nuestro actuar. Ya lo anunciaba el sexenio peñista: ningún chile nos embona.
Huachicol, sobornos, corrupción. Todo esto se pudo evitar.

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