Nuestra fe no tiene sentido

Por: Raúl Garrido

El viernes santo es uno de los días favoritos del pueblo cristiano, es el día del Vía Crucis, que para los que no entiendan latín significa “camino a la cruz”. El día es de vital importancia porque es el momento de la crucifixión del nazareno, el sacrificio del hombre por el hombre, además la pasión es tan cruel y tan sangrienta que sensibiliza hasta al más ateo entre los ateos. El significado espiritual de estos hechos en la fe cristiana es fundamental.

Ya crucificado Jesús dijo una frase fenomenal que ha pasado a través de generaciones por los siglos de los siglos, tras escuchar algunas burlas de los presentes: “¡Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen!”. ¡Sublime! La crucifixión era una práctica común de la época entre los romanos, lo hacían con sus detractores como muestra de su poderío para advertirlos antes de atacar al imperio o traicionarlo.

Precisamente aquí está una de las aportaciones más escandalosas -para la época- que hizo Jesús. “¡Padre!”. Según el Génesis tiempo después -mucho- del Diluvio y el Arca de Noé, Dios estableció un pacto con Abraham en donde prometía proteger la descendencia de éste a cambio de acatar los mandamientos del Señor. Pacto que fue renovado cuando Moisés recibió los 10 mandamientos en el monte Sinaí también muchas generaciones después.

De esta estirpe Israel tuvo tres grandes reyes que gobernaron al pueblo hebreo, Saúl, David y Salomón, en ese orden. El mandato del rey David fue por mucho el mejor, con él Israel vivió una época de grandeza política, militar y cultural como nunca antes había vivido. En su investidura los reyes eran ungidos por el pueblo, así como también adquirían el grado de Mesías, que significa “el ungido”, en ese contexto se creía que los reyes eran intermediarios entre el pueblo y Dios por lo que también eran conocidos como “el hijo de Dios”.

Por consecuencia, el reino que gobierna el “hijo de Dios” no es otro reino que el “reino de Dios”. Tras la decadencia de Israel con el rey Salomón, comenzaron a surgir los profetas que aseguraban que Dios estaba castigando al pueblo hebreo por su desobediencia. Al mismo tiempo se predicaba la llegada del salvador, del príncipe de la paz, del hijo de Dios, los judíos esperaban a alguien de la estirpe del rey David, a quien tanto quisieron.

“Este pueblo que camina en la oscuridad verá una gran luz”, dijo el profeta Isaías. Todo esto lo conocía a la perfección Jesús, que conforme a todas las profecías se presenta como el hijo de Dios, el Mesías e incluso entra a Jerusalén en un burro. Jesús se distingue de otros profetas por no ser un rebelde, militar o político. Y de inmediato llama la atención por otro sello que lo distinguía de los demás…

Jesús llama a Dios “padre”, algo revolucionario para la época y, sobre todo, que nadie había hecho con anterioridad. Jesús innova, Jesús se hace notar, Jesús es el “hijo de Dios” a quien por supuesto llama “padre”. De inmediato los letrados se molestan y comienzan a preparar juicios contra Jesús y su rebeldía. Pero Jesús tenía en su mente un “reino de Dios” diferente, no terrenal sino espiritual, pues su primer llamado a instaurar el reino de Dios invitaba a los mortales a que amaran al prójimo como a sí mismos.

Además también pregonaba el amor a los enemigos, invitaba a no devolver la agresión, sino a poner la otra mejilla y perdonar no siete, sino setenta veces siete. ¡Radical! Jesús demostró con su ejemplo que no se le debía dar la espalda a los pecadores, ya fueran prostitutas o ladrones. Y fue aún más allá al decir que un sinvergüenza ladrón es justo ante Dios si se dirige a él y le pide perdón, así de generosa es la misericordia del Señor.

Eso explica porque en la actualidad los ladrones, secuestradores o personas que se dedican al narcotráfico entre otras actividades ilícitas son tan creyentes de Jesús y su ejército de santos. Entre ellos la virgen María de Guadalupe, mejor conocida como la Virgen Morena y el tan de moda entre los delincuentes San Judas tadeo.

En el famoso “Sermón de la Montaña” Jesús predica una serie de exigencias éticas, pero sobre todo deja en claro que ningún hombre es justo ante Dios, que ningún hombre puede salvarse a sí mismo y que su vida depende del Señor. La misericordia de Dios no tiene límites, pero es necesario que se le suplique perdón porque bien dicen que “el que no habla Dios no lo oye”.

Con tanto discurso radical Jesús comenzó a incomodar a los poderosos y ello lo llevó a la cruz, necesitaban quitarlo de enmedio y calmar las aguas. Así que Jesús tuvo una muerte redentora, pues según sus fans… digo sus seguidores, Jesús murió por la humanidad, ya que era la persona más justa que nunca vio la Tierra. La iglesia cristiana inicia como tal en el domingo de pascua con la resurrección de Jesús rebautizado como Cristo.

Pablo es claro: “Si Jesús no ha resucitado, nuestro mensaje no es nada y nuestra fe no tiene sentido”. Otra frase lapidaria que pasaría a la eternidad y que pocos tienen en cuenta. Después de la resurrección al tercer día Jesús deja de ser el hombre para convertirse en Cristo, el hijo de Dios que sube al reino de los justos y está sentado a la derecha del Padre, o como bien le gusta a los cristiano llamarlo Jesucristo.

Por cierto, la palabra Cristo es una traducción griega de la palabra judía “Mesías” que como ya les platiqué significa “el ungido” y que la religión Cristiana, Católica, Romana y Apostólica toma como “el hijo de Dios hecho hombre”.

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