Ni gobierno ni CNTE

Luis Fernando Dávila

Tantos años de historia, adelantos tecnológicos y transformaciones sociales harían pensar a un sinnúmero de inocentes que hemos dejado en el pasado la solución de conflictos a través de la violencia, que vivimos al borde de una utopía pacifista como en los países nórdicos, ¿o acaso es que no nos gustaría vivir así?

En México el conflicto se resuelve con la confrontación de fuerzas y se politizan sucesos que comenzaron como catástrofes, colocándoles una bandera para tergiversar las peticiones originales. Al final poco se resuelve y aquello que fue importante cae cada vez más rápido en una espiral de olvido que constantemente se acrecienta más.

La CNTE, un monstruo sindical que por años ha sido cómplice de la herencia y compra-venta de plazas ha adquirido el poder suficiente para poner en jaque las órdenes del gobierno; por otro lado vislumbramos un gobierno intolerante que haciendo uso de las fuerzas del Estado trata de imponer las reformas estructurales tan debatidas como criticadas. En Aurelio Nuño vemos a un secretario de educación joven  pero con la esencia del viejo PRI en los años del presidencialismo, un secretario sin disposición al dialogo, con incapacidad para informar a toda la población sobre los contenidos de lo que promueve, a su vez violento y dispuesto a imponer una reforma laboral disfrazada de educativa, que en esencia no hace un importante aporte a la calidad de la educación del alumno.

Las exigencias de los maestros son válidas y justas. Un examen fáctico no es lo ideal para calificar a un profesor pero lamentablemente sus demandas se han opacado por la violencia y deslegitimización del movimiento radicalizado al mismo nivel que la SEP.

La solución está en el debate, en las mesas de diálogo y en la tolerancia, no en el vandalismo ni el terrorismo de Estado; por mi parte profeso la importancia de aceptar la reforma educativa, no sin antes modificarla, eliminando exámenes que promueven la explotación del capital humano y añadiendo en su lugar un modelo educativo sin competencias pero sí “meritocrático”, fomentando la educación en niños de bajos recursos para que un infante de escuela rural tenga las mismas oportunidades de desarrollo que aquellos que estudian en instituciones privadas.

 

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