En la somnolencia generacional

Tania Hernández Ramírez

 ¡Sí, a veces me parece, corazón, que te engañas,

y que es preciso y bueno que queramos vivir!… Salvador Novo

Durante el último año del sexenio de Ernesto Zedillo, el periodista-historiador Héctor Aguilar Camín* nombró  a Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Múñoz Ledo como “la generación desplazada”, esto a partir de la transición política de 1988 encabezada por la otra generación, la de los tecnócratas; Carlos Salinas de Gortari, Luis Donaldo Colosio, Luis Téllez, E. Zedillo, entre otros que siguen formando parte de la política actual.

Han pasado más de veinte años y se perciben los ecos de ambas generaciones entre los que crecieron en los tiempos del Tratado de Libre Comercio, el levantamiento zapatista y la nítida imagen en Lomas Taurinas. Entre los domingos con Chabelo, la tardes con Dragón Ball y las diferentes telenovelas que Televisa niños producía, se fue la vida de esa generación. El año 2000 pintó el cambio que la mercadotecnia hizo creer, sin embargo fue a la par de los sucesos electorales del 2006 y la llamada guerra contra el narcotráfico, cuando resurgió la generación de los desplazados.

Las campañas publicitarias anunciaban “que la droga no llegue a tus hijos” y las famosas narcotienditas pululaban hasta en la capital mexiquense donde nunca pasa nada, los que no experimentaron en ese tipo de compras, cayeron en otro tipo de adicciones. Ahora en los tiempos del Pacto por México, las oportunidades son para los aptos del sistema. Se debe tener un título profesional y vestir como lo indican las tendencias para no ser rechazado y aceptar las clausulas laborales que pisotean los postulados de aquella constitución de 1917. Por otro lado comprar y pagar son lo que hacen los que siguen en el confort generacional que el mundo tecnócrata heredó. El resultado ha sido una mayoría acrítica que sigue somnolienta ante los sucesos nacionales, ahora se conoce más sobre la “Princesa de la banda” y se ignora el proceso del Dr. Mireles y comunidades. Solo resta seguir indagando y respoder ¿Qué hace falta para encontrar la conciencia arrebatada en aquellos días de inocencia?

*Sobre la generación desplazada revisar: Héctor Aguilar Camín, “Regreso Generacional”, en  “Proceso”, No. 1165, 28 de febrero 1999, p.41.

Compre un sueño a meses sin intereses* (continuación)

Juan Pablo Proal

¿Es que nadie, excepto los hombres de poder o las estrellas en turno, merece nuestra atención? En el Arte de Amar, Erich Fromm advierte: “En el amor individual no se encuentra satisfacción sin verdadera humildad, coraje, fe y disciplina; en una cultura en la que esas cualidades son raras, la conquista de la capacidad de amar será necesariamente un logro”. La cultura predominante repele la virtud, sobaja a los samaritanos.

José Cruz merecía una biografía. Vivió como quiso, a pesar de los rígidos valores de su época. Las disqueras, los mánagers, los dueños del presupuesto cultural, la esclerosis múltiple, el hambre y la miseria humana no le impidieron materializar y deleitarse con su sueño: escribir blues en español. Real de Catorce, el grupo que fundó, no fue una banda más de moda. De hecho, nunca la alcanzó. No tuvo videos en Telehit ni ganó un Grammy Latino; llegó más lejos: cultivó una colección de seguidores que hicieron de la poesía de Cruz un estilo de vida.

Logró que versos sensatos bailotearan al ritmo de blues en miles de corazones. Alimentó muchas generaciones con poesía transgresora. Y eso, casi nadie lo logra. Menos en un país desentendido de letras.

Cuando veía el documental “El Miedo y la Furia”, sobre la banda de punk británico The Sex Pistols, pensé en cómo los ingleses ha preservado al rock. ¿Cuántos documentales, libros, museos o estatuas tienen sus músicos? En cambio, en México sus mayores genios fenecen cuando parte su último fan. Ni los más grandes se salvan. Cuando mucho, alguno logra una aparición de media hora en un programa de espectáculos sabatino.

Como fan y periodista, no podía dejar pasar la biografía de José Cruz. Siempre sentí que era, de alguna forma, mi responsabilidad. Más tomando en cuenta que José y yo no somos uno simples conocidos, sino que hemos compartido muchos, muchos días que nos llevaron a la amistad inevitable.

En un país donde los medios no son más que otro brazo del poder, son heroicas las hazañas de los periodistas que se arriesgan a seguir desnudando al tirano, solidarizándose con el hambriento y exhibiendo el exterminio humano que ejerce la clase política contra sus contribuyentes. Sólo que, también, el periodismo mexicano tiene muchas deudas con su sociedad. No ha retratado a todos sus personajes y componentes, como tampoco ha contado historias que necesariamente deben ser preservadas.

Bruce Springsteen, educado en una familia y escuela de católicos radicales, contó en una entrevista: “El rock llegó a mí cuando parecía que no había escapatoria posible y abrió ante mí un mundo de posibilidades”. Estoy seguro de que José Cruz fue, para muchos, la salvación de caer en la fábrica de sueños del libre mercado. Antihéroe de su época y detonador de necesarias transgresiones.

El libro Voy a morir, la biografía de José Cruz, fundador de Real de Catorce, quiere dejar constancia de que hubo mexicanos que no depredaron a sus semejantes, ni murieron como camaleones de su era, o sólo merecen ser recordados por romper el récord en número de asesinatos contra sus connacionales. De que hay muchos más que se negaron a sepultar sus sueños y morirse de indiferencia.

*Texto leído durante la presentación del libro Voy a morir, la biografía de José Cruz, fundador de Real de Catorce.

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