El ajolote condenado a desaparecer

Paula Chouza / Daniela Barranco

Parte II

En este sentido los ajolotes son muy delicados y cualquiera que trabaje con ellos debe guardar estrictas medidas de higiene: “Nuestra grasa, crema o residuos de comida en las manos pueden tapar sus poros y matarlos”, dice Jesús Correa, un joven de menos de 30 años que dirige el ajolotario La casita del axolotl, uno de los 20 centros dedicados a la reproducción del animal en el entorno de Xochimilco.

Además de la pérdida del ecosistema, con el agua contaminada, y de la introducción de especies depredadoras en las aguas, Correa considera que el cambio de actividad productiva en la zona ha contribuido al deterioro en Xochimilco. “Antes se cultivaban solo hortalizas con el lodo de los lagos. Ahora se siembran plantas ornamentales, pero con tierra de cerros, por lo que el lodo va aumentando. A la vez, se aplican químicos y pesticidas y estos se derraman a los canales matando a los animales”.

“Hay una contradicción entre el turismo, el crecimiento de habitantes en los alrededores de Xochimilco y el daño que todo esto provoca al medio”, afirma el director del parque ecológico, Erwin Stephan Otton, quien admite que no pueden dar una cifra exacta del número de ajolotes que quedan porque es difícil contabilizarlos.

“Hay muchos centros que se dedican a la reproducción del ajolote. La mayoría se encuentra en óptimas condiciones y retienen una cantidad grande”, explica Jesús Correa. “Se está implementando la creación de refugios dentro de las chinamperías. La solución pasa por recuperar los canales y crear mientras un hábitat seminatural para los ajolotes, que no vivan más en tanques encerrados. Ahora se busca sacar a la especie del peligro de extinción. Después ya se podrán autorizar los usos”.

Antiguamente el ajolote se empleaba en medicina para problemas respiratorios y desnutrición infantil, y también como alimento en algunos platos típicos de la gastronomía mexicana. “Ahora el comercio de ajolotes con estos fines está prohibido, por lo que su precio en el mercado negro ha aumentado: una pareja de dos años puede costar entre 2.000 y 2.500 pesos (”, afirma Correa.

El cuidador reconoce que una vez, cuando era niño, probó la carne del ajolote. Hoy comenta que no podría: “Uno les agarra cariño con el tiempo”. Como el hombre del cuento de Cortázar, que vive obsesionado tratando de averiguar qué sufrimiento acompañará a esta especie, Jesús Correa mira las peceras: “La verdad, no sé qué crean. Tal vez sí sean conscientes de que los tenemos aquí para preservarlos, porque son los últimos, o quizás piensen que solamente los retenemos por gusto”, reflexiona antes de terminar la entrevista. Ya lo decía Cortázar, los ajolotes no son animales.

 

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