¿En dónde están los mexicanos?

Luis Fernando Dávila

Desde las calles densamente transitadas de nuestra ciudad podemos experimentar un ambiente diferente al del siglo XX; más allá de las diferencias tecnológicas y ambientales, se puede sentir un pasado reciente y vibrante repleto de grandes iconos que nos han heredado un majestuoso brebaje cultural, cuyo legado persevera en la cotidianeidad de nuestros contemporáneos y que es la base de nuestra sociedad.
Sin embargo el presente carece de personalidades que causen impacto como lo hacían los mexicanos del pasado. Atrás están los tiempos de Siqueiros, Diego Rivera o José Clemente Orozco; nombres que aún perduran entre los más grandes de México y que no han podido tener artistas de su talla en el siglo XXI. Las muertes de Luis Nishizawa y Leopoldo Flores se suman al brebaje del pasado, ¿pero dónde están sus jóvenes sucesores?
El cine de oro fue sepultado hace mucho tiempo atrás, hoy solo tenemos películas fugaces que pocos ven y que pocas veces tienen el impacto que podrían tener. Nos nutrimos de artistas de momento, musicalmente pobres y trillados; la música regional mexicana perdió su encanto, letra y ritmo, retratos de la vida y mente de ilustres compositores como José Alfredo Jiménez y Armando Manzanero. No surgen artistas de prestigio, cuya trayectoria sea síntoma de una sociedad en desarrollo, y si los hay, estos están siendo opacados por expresiones vacías pero cuya popularidad mueve grandes sumas de dinero.
¿Será acaso que ya no nacen buenos hombres? Es posible que sí, pero no se le da la suficiente importancia a la cultura.
Los buenos hombres no logran nacer en el momento en el que preferimos ver una telenovela en lugar de ir al teatro, cuando al joven músico se le niega la oportunidad por no ser muy agraciado o al llevar al arte a la posmodernidad, donde el concepto justifica una obra inexistente.
Aun así, los mexicanos contamos con una ventaja: años de experiencia e historia que pueden llevarnos a corregir el camino, acercarnos a la cultura puede dotarnos de esos ilustres intelectuales en cuya mente y obra la sociedad plasme su esencia, dejando registro para las generaciones venideras. En un pueblo donde el arte, la crítica y el saber son palpables para todos los habitantes no hay espacio para la ignorancia.

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