Claudia Sheinbaum arrasa en la CDMX

ELENA REIN / El País 

La capital de México, una de las ciudades más grandes del mundo, estará gobernada por una mujer: Claudia Sheinbaum. Solo tenía que esperar. Aguantar los meses de campaña en lo que el tsunami López Obrador, mucho mayor que su candidatura, incluso que su partido, resistiera. Este domingo 1 de julio la aspirante de Morena para gobernar la capital mexicana ha ganado las elecciones y se ha convertido en la primera mujer en lograrlo. Con este triunfo, ha conseguido además hacer saltar por los aires el tablero político: que la Ciudad de México y el Gobierno federal estén controlados por la misma formación, nacida para ganarlo todo hace cuatro años. Algo que no ocurría desde que se celebraran los primeros comicios en la ciudad, en 1997.

Con el 80% escrutado, Sheinbaum le arrebata el poder al histórico PRD que había tenido el control durante más de dos décadas. Los resultados le arrojan un 48% de los votos a la líder de Morena en la capital y alrededor de un 31% a su principal rival, Alejandra Barrales (de la coalición del Frente). El candidato del PRI, Mikel Arriola, ha obtenido un tercer puesto muy alejado, con alrededor de un 13%. La participación ha sido superior al 70% del censo, tres puntos más que la registrada en 2012.

Su principal rival, Alejandra Barrales —miembro del PRD, también de izquierdas— tenía un reto: frenar el avance de la sombra de López Obrador en la capital y evitar el fracaso definitivo de toda su coalición. La aspirante, una de las artífices junto al candidato presidencial Ricardo Anaya, del PAN, de la alianza del Frente, cargaba con el lastre de una imagen degradada de su grupo, considerado por sus rivales como una extensión del hegemónico y “corrupto” PRI (partido saliente en el Gobierno federal).

Este domingo Claudia Sheinbaum se erige como la primera jefa de Gobierno electa en la historia de la capital. Antes que ella, gobernó Rosario Robles, una política que sustituyó a Cuauhtémoc Cárdenas (de septiembre de 1999 a diciembre del 2000), mientras él preparaba su campaña para las elecciones presidenciales del 2000. Fue derrotado. Y después, López Obrador (entonces miembro del PRD) gobernaría durante seis años la capital. Una legislatura que muchos habitantes han premiado este domingo con un apoyo indiscutible en las urnas a su partido, Morena.

Durante estos meses era prácticamente imposible encontrar un cartel de campaña en el que no apareciera junto al rostro de Sheinbaum el de López Obrador. Y hay quienes coreaban su nombre en los actos de campaña de la aspirante. Algo que no sucedía tan frecuentemente con la candidata del Frente, Alejandra Barrales.

La próxima jefa de gobierno de la capital se ha definido como una política de izquierdas —aficionada a seguir las intervenciones de los líderes de Podemos en el Congreso español—, comprometida con la diversidad cultural, el medio ambiente, defensora de los pueblos originarios de la capital y de los derechos reproductivos de la mujer. “Mi gobierno será laico”, aseguró firme en una entrevista a este diario. Sin embargo, al igual que López Obrador, carga en sus filas con una contradictoria coalición: un partido de origen evangélico y de ultraderecha, Encuentro Social (PES). La victoria estaba por encima de todo y de todos, también de los principios ideológicos.

Esta formación conservadora ha reconocido estar en contra del aborto y del matrimonio homosexual. “En la Ciudad de México hay derechos que son irreversibles. Está muy claro con ellos cuál es nuestro programa y cómo se incorporan. Si alguien del PES gobierna conmigo tiene que aceptar todo esto”, precisó en esa misma entrevista.

La violencia que han provocado las luchas de los cárteles locales de droga —los homicidios no han dejado de crecer desde hace nueve años, con 1.280 muertos en 2016—, la falta de agua en muchas delegaciones del sur y sureste, los feminicidios (tres a la semana), los intolerables niveles de contaminación y la ineficiencia del sistema de transporte público en muchas zonas, son los grandes retos a los que se enfrentará la próxima jefa de Gobierno. Acostumbrada durante los meses de campaña a ofrecer soluciones poco concretas, consciente de su aventajado puesto en las encuestas.

Cuando López Obrador fue el jefe de Gobierno de la capital, la nombró secretaria de Medio Ambiente, puesto que ocupó durante seis años, hasta 2006. En 2015 ganó la alcaldía de Tlalpan, al sur de la ciudad —a la que renunció en septiembre de 2017 para aspirar al Gobierno de la ciudad—, y en su jefatura tuvo que lidiar con uno de los episodios más trágicos que ha vivido la capital en los últimos 30 años: el terremoto del 19 de septiembre que se cobró la vida de más de 300 personas. En su delegación, además, se derrumbó un colegio donde hubo 26 muertos: 19 niños y siete adultos y se convirtió en un símbolo de la catástrofe. Las irregularidades de aquella construcción marcaron la etapa final de su legislatura, algo que la ha perseguido durante toda su campaña, con ataques constantes de sus rivales.

Esta licenciada en física y doctora en ingeniería energética, de 56 años, por la Universidad Nacional Autónoma de México, representa un espécimen extraño para la política mexicana. No es una líder de masas, apenas sonríe en los actos públicos y, aunque se esfuerza por disimularlo, parece incómoda gritando consignas sobre un escenario ante decenas de simpatizantes. Ha explicado orgullosa que ella misma escribe sus discursos y anota fórmulas matemáticas en ellos. Se considera una mujer pragmática y reconoce que quizá debería sonreír más, al menos frente a las cámaras. Esta noche no ha dejado de hacerlo.

Comenta esta publicación

Comentarios