Ateo pero Guadalupano

Por: Cinderrella

No sé si en alguna otra parte del mundo funcione de la misma forma, pero en México decir que uno es guadalupano no solo se limita a decir  que una persona  es devota o creyente católico, sino que también  se dice que uno es mexicano. Para los primeros años de la etapa colonial la evangelización se había convertido en una tarea primordial para la Corona española. Los indios fueron tachados de herejes y blasfemos por practicar sus rituales y antiguas costumbres.  La vinculación de símbolos del catolicismo con personajes de la mitología mesoamericana tuvo su lugar para poder sustentar de alguna forma la presencia de Dios en estas tierras abandonadas, por ejemplo, como se hizo con Santo Tomás de Aquino y el Dios Quetzalcóatl. ¿En dónde habían estado estos  hombres durante todo el discurso bíblico? ¿Eran siquiera producto de Dios? ¿Los indios tenían alma? Por algún tiempo esta fue la gran interrogante, el español y el indio eran dos seres totalmente extraños, uno católico y el otro, como decían entonces, adoradores del demonio. Los indios eran llevados prácticamente por la fuerza a escuchar la palabra de Dios.

La tarea no resultó fácil, pues los naturales de Mesoamérica no estaban familiarizados con los lugares cerrados, con pesados muros e imágenes desconocidas, así que se inventó la capilla abierta, algo similar a estar de pie frente a sus antiguos templos. Sin embargo, los gentiles poco podían comprender del sacrificio de Jesús por el perdón de sus pecados. ¿Qué era pecado? A los dioses ellos les rendían sacrificios; ahora tenían que ofrecer oración, ser buenos hijos de Dios y dar el diezmo, no a Dios, sino al Papa. Existen relatos en los que el indio, al ser empleado como mano de obra en templos y conventos, dejaba alguno que otro símbolo de adoración mexica en alguna pintura o altar para inclinarse a ellos y no al “Dios verdadero”. El Tepeyac, hoy recinto de la virgen de Guadalupe fue construido en lo que antiguamente era un lugar de adoratorio a la deidad nahua Tonantzin, “nuestra madre verdadera“, por lo cual no resulta extraño asociar estas dos deidades entre sí.

La religión, creación cultural anterior a las leyes de la ciencia, fungió por muchos años en la Historia de la humanidad (y lo sigue siendo) como un regulador social y como forma de control de la población, en especial el cristianismo y los 10 mandamientos que los rigen. Para los primeros años de colonización en la Nueva España, el asunto de la evangelización y conversión de todos los nativos novohispanos al cristianismo se volvió más que un asunto de fe, se trataba de un asunto de gobernabilidad. Con todo y el esplendor que manifestaban estas tierras, el indio “incivilizado” seguía representando un peligro para los débiles pilares de la iglesia novohispana.  Es así como en 1531 la iglesia da lugar a la invención o descubrimiento de un ser divino con el cual los indios se sintieran identificados y amados, de tez morena y mestiza, no un ser blanco y sángrate sobre una cruz, sino una divinidad justamente como ellos: la virgen de Guadalupe, quien un buen día, mientras el indio Juan Diego caminaba por el cerro del Tepeyac se le manifestó para pedirle fuera el portavoz de sus deseos. La virgen viene a convertirse en un símbolo de identidad aún más poderoso que los mitos anteriores, el águila devorando una serpiente. El culto a Nuestra Señora de Guadalupe se extendió como fuego por toda la nueva España, en el centro, sur y norte se levantaron altares, todo mundo se volvió guadalupano, porque más allá de la religión se convirtió en un símbolo de unidad entre el indio y el español.

El sincretismo cultural está representando en esta imagen, pues tanto mestizos como indígenas le adoran por igual. Más allá de un fundamento espiritual para la iglesia colonial, la virgen de Guadalupe se volvió un símbolo de nacionalismo mexicano. Por ello y con justa razón es permisible decir que puedes ser ateo pero guadalupano. El sentimiento de mexicanidad que internamente gobierna sobre los nacidos en este país, en gran medida es producto de la incipiente nacionalidad criolla gestada desde el siglo XVI, y desarrollada en su máxima expresión en el siglo XVIII.

 

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